MasterBlog en Español: El "Sistema" - Al compás de Rattle
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sábado, 31 de julio de 2010

El "Sistema" - Al compás de Rattle



Al compás de Rattle

elpais.com



Sábado, 31 de julio de 2010


Música y marginación suelen repelerse. En Venezuela, no. Allí, hace 35 años, José Antonio Abreu creó un sistema de integración en orquestas. Hoy lo avalan directores como Simon Rattle o Claudio Abbado.


José Luis Alvarado Baños, alias El Volcán del Caribe, no concede entrevistas. A sus 8 años es un tipo serio que no levanta dos palmos del suelo y a quien le sobra gorra para tan poca cabeza. Pero en el escenario, a golpe de maraca, campanillas y tambor, se crece y se hace notar dando brincos o bailando como un poseso al ritmo que le marca con la batuta un señor bien gracioso, de rizos blancos, con acento raro y simpático, desde el podio. Eso cuando, ante tanto subidón, no se pierde. A El Volcán le han dicho que el director es una figura importante. Aunque a él eso casi ni le va ni le viene. Hace lo que le manda y, cuando no interviene, a veces hasta echa una cabezada.

Simon Rattle se llama el señor a quien hay que seguir el ritmo. Algunos de sus compañeros son incapaces de retener el nombre. Mira con ojos de mago, mueve mucho la cabeza y parece un bailarín con manos embrujadas. Lo que no se les olvidará es la forma en la que les ha enseñado a desgranar la música durante una semana plagada de ensayos en la Universidad Nacional de Caracas este mes de julio. Lo ha hecho pacientemente, con metáforas de flautista de Hamelín: “En este pasaje tocado como si encontrarais a vuestra madre: ¡mamá, mamá!…”. Con ese teatro, a los 344 niños y adolescentes de entre 8 y 15 años que han formado la Orquesta Infantil de Venezuela les resulta mucho más fácil entender lo que quiere. Así, con un grande, es como se ha bautizado la presentación de la tercera generación salida del sistema de educación musical implantado por José Antonio Abreu desde 1975. Ese milagro que hoy es la referencia por sus métodos de enseñanza y excelencia en todo el mundo.

Si alguien les explicara a fondo a estos muchachos quién es Rattle a lo mejor se paralizarían. Mejor no. Tampoco importa.
Para un niño que se refugia en la música de los núcleos creados por el sistema Abreu desde un barrio sacudido por la violencia en Caracas o Maracaibo da lo mismo la estirpe de directores de la Filarmónica de Berlín: les costaría pronunciar Furtwängler, Von Karajan, Abbado (este es más fácil y además es un viejo conocido de los núcleos venezolanos). Todo ese mundo les resulta lejano. Menos la música.
Incluso saben poco de Gustav Mahler, de quien ensayan a fondo su Primera sinfonía junto a otras piezas de George Gershwin, Ginastera, Gabriel Fauré o Leonard Bernstein para el programa. Los nombres dan igual. Es la música la que debe ser pronunciada. Y en eso estos niños, elegidos entre 4.000 preseleccionados en 5.000 audiciones de los cerca de 300.000 que aprenden sus instrumentos en las escuelas del país, controlan todas las fonéticas, todos los acentos.

“Es un señor muy responsable”, comenta Javier Quintero, contrabajista, 10 años. “Y muy chévere…”. Quintero es la prueba, cuando le ves escondido entre el cuerpo de su enorme instrumento, de que la música se toca con la cabeza y no sólo con las manos. Eso les parece Rattle.Un señor responsable, un tipo del que te puedes fiar. Y a quien puedes admirar. Puro carisma a juzgar por las colas que se forman en los descansos para hacerse una foto junto a él. Después de una sesión agotadora de dos horas y media nadie sabría apostar sin riesgo a ver quién ha disfrutado más de la experiencia: los niños o él. “Te puedo asegurar que nos hemos divertido lo mismo”, dice el músico, un tanto derrengado en su camerino tras el ensayo. El director de Liverpool está entusiasmado con el proyecto que ha acudido a apoyar. “En Venezuela, la enseñanza musical es un derecho natural”.


Así fue desde el principio. Desde que Abreu comenzó implantando la semilla del sistema hace 35 años. Tocar y luchar es su lema. La clave era demostrar que calidad y cantidad son compatibles y que el talento podía surgir en cualquier parte si se cultivaba bien. “Hemos roto el mito milenario de que la música es para unos elegidos, para unos pocos tocados por la mano de Dios”, asegura Rafael Elster, coordinador de proyectos del sistema. Por eso, Abreu fundó una escuela musical en los barrios más deprimidos y logró que cada ciudad del país formara su propia orquesta sinfónica. En los lugares más insospechados, desde la selva a las cloacas de ranchitos, hizo sonar trompas y violines. Los niños, que no tenían ni alicientes ni futuro, fueron picando. Hoy muchos de ellos se ganan la vida con la música.


Los entornos son fundamentales. El núcleo Julián Blanco, en el barrio de Petare, es todo un ejemplo. Allí se reúnen para aprender niños de una de las madrigueras más peligrosas de todo el continente. En la calle, quienes vienen de diversos sectores del barrio, ni se miran. Los de Bolívar no se tratan con los de Antonio José de Sucre y estos a su vez no cruzan palabra con los de La Bombilla. Pero en el centro se integran, se toleran y se conocen. La comida es un anzuelo. “De eso no nos podemos quejar”, cometa Stefani Rivera, 12 años, violinista. En el núcleo almuerzan, gozan de seguridad —todo un tesoro en el far west que es la Venezuela de Chávez, con 57 asesinatos cada fin de semana en Caracas— y se les proporciona un instrumento. Allí olvidan. Olvidan los tiroteos y las balas cruzadas entre bandas, que les ha costado la vida a muchos vecinos. El Gobierno niega la evidencia de la falta de seguridad en sus barrios. Pero la cara de terror de los niños que no se resignan a convivir con ello la pone de manifiesto. Es lo que cuenta Gabriel Toledo, de 13 años, contrabajista. “Los malandros se pegan tiros por la calle. Yo no puedo verlo. Me escondo y empiezo a temblar. Nos tenemos que meter bajo las camas para que no nos alcancen las balas”, asegura.

Ambientes así son a los que reta el sistema. Podría quedarse todo en un refugio, pero el caso es que la persistencia y la dedicación de los chicos —que prefieren ensayar cuatro horas al día a correr riesgos en la calle— produce extraños prodigios. De esa entrega han salido los nuevos talentos. Los 344 de la tercera generación a los que Rattle va enseñando pacientemente, compás a compás, en los ensayos. “Entre ellos he podido descubrir a unos cuantos que serán los músicos del futuro, a los que nos cruzaremos en algunas grandes orquestas dentro de 10, 15 años”, dice el director.

Le miran fijamente. Le siguen como a un mago. “Todos tenemos que aprender a soñar despiertos aun cuando estamos dormidos”, les suelta a eso de las nueve de la mañana cuando ya llevan una hora ensayando. “Que esa nota suene como un regalo de Navidad y que los demás respondan como dándole las gracias”. El maestro les recalca que la música orquestal es un diálogo: “Escuchen, escuchen la melodía y acompáñenla. Los oídos no mienten”.

Sabe ponerse en situación. Y relatar el significado de las notas. Encontrar imágenes que lo hagan todo mucho más fácil. Lo aprendió de Pierre Boulez. “Recuerdo unos ensayos con él cuando tenía 15 años, todas aquellas expresiones, quienes estuvimos ahí, no las hemos podido olvidar”, afirma Rattle.

Los días en que ha trabajado con los futuros músicos ha sabido cómo pulsarles la tecla de su propia fantasía. A María Victoria Chirinos, 10 años, violinista, o a Adalis Rojas, violonchelista, de 9, ambas de Falcón, no les hace falta que alguien las provoque para entender a Mahler. “Su música me recuerda a veces a cuando el cielo está muy negro en invierno y de repente empiezan a aparecer rayitos de sol”, dice Rojas. “También dicen que tenía obsesión por los niños muertos, pero eso no sé si es verdad”, añade María Victoria.


A ambas, así como a Isaac Pardo y a Ruvit Bracho, violinistas de 11 y 12 años, la música y Mahler les tiene obsesionados. “Soñamos con él. Cuando estamos comiendo en casa tarareamos las notas”. Así aguantan igual de exaltados que orgullosos a sus padres. En sus hogares saben que la música lo es todo para ellos. Tanto que cuando se enfadan y les quieren castigar no recurren a la tele u otros artilugios: “Te quito el violín”. Es la amenaza más terrible.

La música les fascina y les salva. Les da sentido. Conforma su identidad. “Este es ante todo un gran proyecto de acción social”, aclara Abreu. “Pero persigue la excelencia”. Y la expansión permanente. Porque, según Abreu, “si algo es bueno y no se puede multiplicar, entonces es que no es tan bueno”. Con esa obsesión por la progresión geométrica, el maestro ve cómo su invento crece, crece y no tiene techo. Sobre todo desde que presentó al mundo un típico producto del sistema que se convirtió en estrella. Gustavo Dudamel.


El joven director de la Orquesta Simón Bolívar—lamarca del sistema—y de la Filarmónica de Los Ángeles es quien junto a Abreu va a imponer la semilla en Estados Unidos. Pocas veces las cosas semueven de sur a norte, de abajo arriba. Pero los países más ricos aún tienen mucho que aprender, incluso en aquellas cosas que han dominado por los siglos de los siglos. Y es que el sistema venezolano está proporcionando un baño de humildad a los consagrados. Ya han comenzado en California, con la Youth Orchestra of Los Angeles (YOLA), a trabajar en los barriosmenos favorecidos, entre guetos latinos y afros. Allí, segúnDudamel, “hay que implantar conciencia musical y artística, conciencia ciudadana y orgullo”.

Pero también quieren hacerlo en varios países de Europa, Asia y en Rusia, donde han tratado con Valeri Gergiev, director del Mariinsky de San Petersburgo, para iniciar algo similar. El fenómeno Dudamel, el chico que cuelga el cartel de no hay entradas allá donde va, dio un giro radical al sistema. Los grandes directores empezaron a colaborar y también las instituciones internacionales y figuras de otros campos. Desde que empezó a hablarse del prodigio, todo cambió. Si en 30 años se habían abierto 89 núcleos, a partir de 2003 se han creado 230.

Hoy lo único que está de moda en Venezuela es este entramado, al que el prestigioso ingeniero acústico Yasuhisa Toyota va a preparar varios auditorios y Frank Gehry va a regalar un edificio en Barquisimeto, la tierra de Dudamel.

Por no hablar de los músicos. En verano, Caracas parece Salzburgo. Por allí, además de Rattle, quien aparte de bautizar a la tercera generación ha dirigido Carmen con la Simón Bolívar, han colaborado con el sistema Daniel Barenboim —que llevará a su West-EasternDivan de judíos, árabes, palestinos y españoles para hacer un concierto conjunto con los jóvenes venezolanos— o el propio Gergiev.

Nadie dice que no a colaborar con Abreu. La élite y las bases musicales le reconocen todo el mérito. Además, es toda una marca de referencia para el país. Allá donde Venezuela se cierra muchas puertas diplomáticas o acosa a países vecinos con lenguaje bélico, el maestro Abreu las abre. Su estrategia es unificadora, no divisoria. Ya no le basta la Orquesta Iberoamericana que presentó hace tiempo en una cumbre de jefes de Estado y Gobierno en Portugal. Ahora quiere otra a nivel mundial.
Tampoco la acción social le detiene. Ya ha traspasado los barrios marginales y ha comenzado a trabajar con indígenas a orillas del Orinoco o con presidiarios dentro de las cárceles. Tiene fe en la música como medicina de redención. Por una vida salvada, le merece la pena el esfuerzo.
Así ha creado una red en la que trabajan más de 7.000 personas entre músicos, ayudantes y profesores, según cuenta Eduardo Méndez, director ejecutivo. Un joven abogado de 31 años formado como violinista en el sistema y que hoy lleva las cuentas bajo
la supervisión de Abreu. Conoce la descripción que él mismo hace de su propio entramado: “Una empresa de proporciones descomunales”.
Una empresa y una especie de alianza en constante vigilancia por los suyos. Pendiente de las familias rotas, de los niños que de un día para otro quedan a la intemperie, de los jirones que da la calle, la droga, la delincuencia, la pobreza. “Es importante recalcar eso, nos hemos empeñado en que los más pobres tengan derecho a la mejor educación musical”.
El sistema es un apostolado, una misión, una barricada. Rattle también lo ha entendido así y se ha implicado hasta dentro, como lo ha hecho su predecesor en la Filarmónica de Berlín, Claudio Abbado. Pero el músico inglés no tiene claro que pueda funcionar en otros países. Sobre todo los más ricos. Les falta el coraje y la fuerza que da no tener nada que perder y mucho que ganar. El coraje que inculca el hambre, la escasez y la falta clara de futuro. “Conocen la virtud de no tener nada ni ser más que nadie. La humildad es la clave, su motor. En otro mundo, con el carisma, el talento y el éxito de Dudamel, en vez de haber salido alguien como él hubiésemos fabricado un monstruo egomaniaco”.

Es importante el ejemplo de Dudamel porque ha creado escuela. En los ensayos de la nueva orquesta y en los de Carmen, junto a losmás veteranos de la Simón Bolívar, se sentaban en las butacas del auditorio unos jovencitos partitura en mano. Por allí andaban Jesús Parra, 15 años, de la Victoria (Araqua). O Diego Matheuz, de 25, que ya vuela alto como asistente de Abbado.
También, sin despegarse de la vera de Rattle, asomaba la cabeza de vez en cuando Christian Vásquez, 26 años, de San Sebastián de los Reyes, “un pueblo con una calle que sube y otra que baja”, describe él.
Todos ellos directores de orquesta con orígenes humildes y legítimos sueños de grandeza. Vásquez dispuesto a embarcarse en una gira que le llevará por Europa con la Simón Bolívar y Jesús Parra jurando con determinación que un día le veremos sobre el podio. Todos, como Dudamel, son enseñados personalmente por Abreu. El maestro comienza traspasándoles su devoción por Chaikovski, después continúa con el estudio, el movimiento de las manos, el cuerpo, el carisma…

De Rattle también aprenden. A modular, a recoger el sonido, a convencer, a seducir. Amover la mano izquierda. “El maestro Abreu nos dice que en el fondo es la más importante porque la llevamos más cerca del corazón”, comenta Vásquez. “Rattle dirige aquí igual que en Berlín, con un entusiasmo que nos contagia”. Mattheuz avisa: “Tal vez le robe algún gesto”. No es descaro: es sentido práctico. También piensa arrebatarle ese respeto providencial a lo escrito: “Él nos enseña que el verdadero amor a la música está en la esencia de lo transmitido, no en lo espectacular”.

Fueron días de comunión los de Rattle en Caracas. Importantísimos para la moral. “De los niños, pero también de los profesores. El éxito y el nivel de calidad que ha encontrado les anima a seguir cueste lo que cueste”, asegura Abreu. Su identificación fue total. Y mutua. El Torito, un joven violinista que le seguía en sus indicaciones al fin del mundo, lo dejó claro. Al terminar el concierto le colgó a Rattle su medalla. Es el trofeo más preciado para los niños de la tercera generación del sistema. Pero prefirió que la guardara él.


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